Nuestro campo estuvo atravesado estos últimos años por una suerte de embates que parecían de no acabar, aunque con el cambio climático de este último mes sobre todo en algunas regiones parece abrirse un panorama esperanzador para la recuperación de los cultivos.

Los conflictos europeos por otro lado han producido también transformaciones significativas en cuanto a las economías bursátiles. Eso también ha impactado en alguna cierta medida en las economías y propone cambios y oportunidades de producción en el sector agrícolas.

Sin embargo, más allá de los conflictos de ultramar, los efectos de la sequía y los incendios han producido deterioros en los suelos que, según la zona y los cultivos que se estaban plantando, pueden presentar distintas características. A veces, también está relacionado con otros factores climáticos, no solamente con sequías e incendios, pero esto se puede revertir.

Los suelos arenosos en general se dan por la falta de nutrientes o de minerales. Desde luego que este también es el efecto de una gran sequía, sobre todo en zonas donde suele llover y los sistemas de riego resultan insuficientes. Una vez que se produce el fenómeno de la sequía, ya el trabajo será doble.

En estos casos, la necesidad de estiércol y de nutrientes agregados se va a incrementar por encima de los valores habituales, pero es lo que va a garantizar la correcta recuperación de los suelos. En general, la contrapartida de esto sería un suelo demasiado arcilloso. Aquí pasa todo lo contrario, esos suelos necesitarán recuperación y a lo mejor también es probable que se deba pensar en la incorporación de sistemas de riego artificiales como los que se han incorporado en algunas zonas del Oriente Medio, donde casi nunca llueve y por lo tanto no se tiene nunca disponible el recurso natural.

Pero sin dudas también se puede incorporar, cuando los campos son más pequeños o cuando sucede en pequeñas parcelas, mecanismos más naturales de fertilización a partir de desechos orgánicos que el mismo productor puede procesar.